Evita la irritación de piel con el cambio de temporada

El final del verano tiene una manera extraña de engañarnos. Al mediodía todavía hace calor, uno sale con ropa ligera y protector solar; unas horas después aparece viento, baja la temperatura y la piel empieza a sentirse tirante, como si hubiera recibido un memorándum meteorológico que nadie más leyó.

Ese periodo de transición entre estaciones puede resultar especialmente incómodo para quienes tienen piel sensible. No porque el otoño sea enemigo de la cara, sino porque la piel debe adaptarse a variaciones de temperatura, humedad ambiental, viento, contaminación, aire acondicionado y hábitos que también cambian casi sin darnos cuenta.

En buena parte de México, hablar de “otoño” tampoco significa imaginar inmediatamente hojas doradas y abrigos. En ciudades como Ciudad de México, Toluca, Puebla, Querétaro o Guadalajara puede haber mañanas frescas, tardes soleadas y descensos notorios de temperatura al anochecer. En zonas del norte, la sequedad ambiental puede sentirse todavía más.

Ese cambio de clima puede transformar una rutina que funcionaba perfectamente en agosto en una pequeña fábrica de ardor durante septiembre u octubre.

La solución, por fortuna, no suele ser comprar media tienda de cosméticos. Los mejores cuidados estacionales suelen empezar con algo mucho menos emocionante: cambiar poco, observar bastante y proteger la barrera de la piel.

¿Por qué la piel se irrita justo cuando empieza a cambiar la temporada?

La superficie de nuestra piel actúa como una barrera.

Retiene agua.

Nos protege de sustancias externas.

Ayuda a mantener un equilibrio bastante delicado entre el interior del organismo y todo lo que ocurre afuera.

Cuando baja la humedad del ambiente, aumenta el viento o pasamos constantemente de espacios climatizados a exteriores más fríos, esa barrera puede perder agua con mayor facilidad.

El resultado suele sentirse antes de verse.

Tirantez después de lavarse.

Ardor al aplicar una crema que antes no molestaba.

Comezón ligera.

Zonas ásperas alrededor de nariz, mejillas o labios.

Enrojecimiento.

No todas esas señales significan necesariamente una enfermedad dermatológica. Pero sí pueden indicar que la rutina veraniega ya no está encajando tan bien con las nuevas condiciones ambientales.

La Fundación Mexicana para la Dermatología ha señalado en distintos materiales de orientación que durante épocas frías y secas aumenta la frecuencia de problemas relacionados con resequedad cutánea y que conviene evitar factores capaces de deteriorar la barrera de la piel, como baños excesivamente calientes o productos irritantes.

Tiene sentido. El clima cambia y nosotros, tercos como siempre, pretendemos que la piel siga comportándose exactamente igual.

El primer ajuste no está en la crema: está en el agua

Cuando empieza a refrescar, muchas personas cambian automáticamente la ducha templada por una casi hirviendo.

Se siente maravillosa.

La piel quizá opine otra cosa.

El agua muy caliente puede eliminar parte de los lípidos naturales presentes en la superficie cutánea y favorecer mayor resequedad. Si una persona ya presenta piel sensible, esa combinación puede traducirse en ardor, descamación o sensación de tirantez.

No hace falta bañarse con agua fría.

Una temperatura tibia suele resultar más amable.

También conviene observar el tiempo de ducha. Permanecer veinte minutos bajo agua muy caliente durante una mañana fría puede resultar reconfortante, pero luego uno sale convertido en pasa hidratada sólo en apariencia.

La Secretaría de Salud de México y organismos dermatológicos han difundido recomendaciones similares durante temporadas de frío: evitar baños prolongados con agua excesivamente caliente y utilizar productos suaves para disminuir la resequedad.

A veces el mejor cosmético de otoño es simplemente cerrar un poco la llave caliente.

piel sensible en otoño

Si tu limpiador deja la cara “rechinando”, quizá ya es demasiado

Durante el verano solemos buscar sensaciones frescas.

Geles espumosos.

Limpiadores potentes.

Productos diseñados para retirar sudor, grasa y protector solar.

Cuando llega un ambiente más seco, esos mismos productos pueden empezar a resultar agresivos.

Una pista muy sencilla es observar cómo se siente la piel inmediatamente después de lavarla.

Si queda cómoda, bien.

Si se siente estirada, arde o exige crema con desesperación, vale la pena revisar el limpiador.

Las fórmulas suaves, sin fragancias intensas y con menor capacidad desengrasante suelen ser una mejor elección para personas sensibles.

No existe ninguna medalla por producir más espuma.

La espuma limpia, sí, pero la cantidad de burbujas no indica calidad dermatológica. El marketing lleva décadas sugiriendo lo contrario porque, admitámoslo, una montaña de espuma vende mejor que una explicación sobre lípidos cutáneos.

El momento de usar crema puede importar tanto como la crema

Uno de los trucos más sencillos para cuidar la piel cuando baja la humedad consiste en aplicar la hidratante poco después del baño o del lavado.

No es necesario dejar la cara completamente mojada.

Basta con que conserve un poco de humedad.

La crema ayuda entonces a reducir la pérdida de agua.

En otoño, algunas personas descubren que necesitan pasar de una loción ligera a una textura un poco más cremosa. Eso no significa comprar necesariamente un producto distinto. Puede bastar con utilizar una cantidad ligeramente mayor o aplicarlo con más constancia.

Ingredientes como glicerina, ceramidas, ácido hialurónico, dimeticona o petrolato aparecen frecuentemente en productos formulados para reducir resequedad y reforzar la sensación de confort.

La clave es tolerancia.

Una crema muy sofisticada que arde no es mejor porque tenga una lista de ingredientes que parece currículum científico.

No estrenes cinco productos justo cuando cambia el clima

Éste es un consejo que ahorra dinero y confusión.

Septiembre llega.

La piel se reseca.

Compramos un nuevo limpiador, un sérum, un aceite, una crema nocturna y una mascarilla.

Tres días después aparece irritación.

¿Quién fue?

Imposible saberlo.

Cuando existe piel sensible, conviene introducir un producto nuevo a la vez. Dejar unos días para observar cómo responde la piel permite identificar mejor qué funciona y qué no.

La prudencia puede parecer aburrida. También evita terminar con un cajón lleno de productos “casi nuevos” que no volvemos a tocar.

Si la sensibilidad es importante, probar primero una cantidad pequeña en una zona limitada puede ser útil antes de extender un producto por toda la cara.

¿Hay que dejar los exfoliantes en otoño?

No necesariamente.

Pero quizá convenga reducirlos si la piel comienza a irritarse.

Los exfoliantes físicos, los ácidos y algunos tratamientos con retinoides pueden aumentar temporalmente la sensibilidad o resequedad. Una persona que toleraba perfectamente un ácido dos o tres noches por semana durante el verano podría descubrir que, con aire más seco, necesita reducir la frecuencia.

No es retroceder.

Es adaptar la rutina.

Aquí aparece una idea que se repite mucho en dermatología porque funciona: la piel no necesita la misma intensidad todos los días del año.

Los cuidados estacionales son justamente eso. Ajustes.

No reinvenciones completas cada tres meses.

El protector solar no se guarda cuando acaba el verano

Éste es probablemente uno de los errores estacionales más comunes.

Termina agosto.

Guardamos sombrero, sandalias y, casi por asociación, protector solar.

Pero la radiación ultravioleta no consulta el calendario.

La Secretaría de Salud y organizaciones dermatológicas mexicanas recomiendan mantener fotoprotección durante todo el año, especialmente cuando existe exposición prolongada al exterior.

En México, donde muchas regiones reciben radiación solar intensa incluso durante otoño e invierno, abandonar el protector porque el aire está fresco no tiene mucho sentido.

La temperatura y la radiación UV son fenómenos distintos.

Puede hacer frío y existir exposición solar relevante.

Un protector de amplio espectro con FPS 30 o superior suele ser una referencia utilizada por especialistas para exposición cotidiana.

Si tu piel se vuelve más reactiva en otoño, quizá necesites cambiar de fórmula, no dejar de usar protección.

Algunas personas toleran mejor productos sin fragancias o fórmulas minerales. Otras prefieren protectores químicos porque sienten menos pesadez.

No hay un ganador universal.

Gana el que puedas usar sin molestias.

cuidar la piel

Los labios suelen avisar primero

Antes de que las mejillas se resequen, los labios ya empezaron a protestar.

El viento, menor humedad y el hábito inconsciente de humedecerlos con la lengua crean una combinación bastante eficaz para producir grietas.

Aplicar un bálsamo sencillo, preferiblemente sin fragancias intensas ni sabores mentolados si existe sensibilidad, puede prevenir buena parte del problema.

El petrolato puro suele ser una opción simple y económica para reducir pérdida de humedad.

Y aquí aparece otra contradicción cotidiana: cuanto más secos sentimos los labios, más tendemos a mojarlos.

La saliva proporciona alivio durante segundos.

Después se evapora y la sensación de resequedad puede empeorar.

La lengua parece ayudar.

En realidad, negocia en nuestra contra.

 

Las manos también sienten el cambio de clima

No toda la atención debería ir a la cara.

Las manos reciben jabón, gel antibacterial, agua, productos de limpieza, viento y cambios de temperatura durante todo el día.

Cuando empieza el otoño, puede ser buena idea aplicar crema después de lavarlas varias veces, especialmente si aparecen grietas alrededor de los nudillos.

Quienes realizan tareas domésticas con detergentes, cloro o limpiadores fuertes deberían utilizar guantes cuando corresponda.

No por estética.

Porque una barrera cutánea irritada tolera cada vez peor nuevas agresiones.

En México, donde el uso frecuente de productos de limpieza doméstica forma parte de muchas rutinas, esta medida sencilla puede marcar bastante diferencia.

El aire acondicionado también cuenta como clima

Hay días de transición particularmente absurdos.

Afuera hace 27 grados.

Dentro de la oficina parece noviembre en Montreal.

Salir y entrar repetidamente entre ambientes puede aumentar la sensación de resequedad, especialmente si el aire acondicionado reduce la humedad interior.

Lo mismo ocurre con calefacciones y ventiladores dirigidos constantemente hacia la cara.

No siempre podemos controlar la temperatura del lugar donde trabajamos. Sí podemos adaptar pequeños hábitos.

Tener crema de manos.

Utilizar hidratante facial adecuada.

Evitar sentarse ocho horas frente a una corriente directa.

Beber agua regularmente.

El agua que tomamos no sustituye una crema hidratante, pero mantener una hidratación adecuada forma parte de la salud general.

No hace falta convertirlo en competición de litros.

Qué hacer si tu piel empieza a arder con todo

Ésa es una señal para simplificar.

Durante unos días, una rutina básica puede resultar suficiente:

  • limpieza suave;
  • hidratante sin fragancia si la toleras;
  • protector solar durante el día;
  • evitar temporalmente exfoliantes, perfumes faciales y productos nuevos.

No es una receta médica.

Es una manera prudente de reducir estímulos mientras observas qué ocurre.

Si la piel mejora al simplificar, puedes reincorporar otros productos poco a poco.

Si no mejora, quizá el problema no sea sólo el cambio de clima.

Rosácea, dermatitis y alergias: cuándo no culpar al otoño

A veces el clima sólo destapa algo que ya estaba ahí.

La rosácea puede empeorar con cambios bruscos de temperatura, viento, calor, bebidas muy calientes o exposición solar.

La dermatitis atópica puede presentar brotes en temporadas secas.

La dermatitis de contacto puede aparecer por un producto nuevo, una fragancia, un conservador o incluso un detergente.

Si el enrojecimiento es intenso, existe comezón persistente, aparecen zonas inflamadas, descamación notable o ardor que no mejora, conviene consultar con dermatología.

La Fundación Mexicana para la Dermatología y servicios dermatológicos de instituciones como el IMSS han insistido en que las lesiones persistentes o recurrentes deben valorarse profesionalmente, especialmente cuando existe sospecha de dermatitis.

No todo lo rojo es “sensibilidad”.

Y no todo se arregla cambiando de crema.

El maquillaje también puede sentirse diferente cuando baja la humedad

Una base que en julio parecía perfecta puede comenzar a marcar zonas secas en octubre.

No necesariamente es culpa del maquillaje.

La superficie debajo cambió.

Antes de buscar una base nueva, vale la pena revisar la hidratación.

Aplicar maquillaje sobre piel reseca es como pintar una pared agrietada: podemos invertir muchísimo en pintura, pero las grietas seguirán ahí.

Texturas muy mate pueden resultar incómodas para algunas pieles durante temporadas secas.

Si notas descamación, quizá convenga reducir polvos, utilizar menos producto y priorizar hidratación.

No hace falta abandonar el maquillaje.

Sólo dejar de pedirle que resuelva un problema que pertenece a la piel.

El cambio de clima también cambia la ropa que toca nuestro cuerpo

Suéteres, bufandas y cuellos altos regresan al armario.

Y con ellos pueden regresar irritaciones.

Los mosquitos se relajan pero no se acaban por completo. Procura seguir usando un repelente de mosquitos off, para evitar las picaduras y las irritaciones por comezón.

Lana, fibras ásperas, detergentes muy perfumados o ropa guardada durante meses pueden provocar molestias en pieles sensibles.

Lavar algunas prendas antes de utilizarlas nuevamente puede ayudar a retirar polvo y residuos acumulados.

Si tienes dermatitis o tendencia a irritarte, usar una camiseta suave entre la piel y ciertas telas puede resultar más cómodo.

Parece un detalle menor hasta que un cuello de lana empieza a rozar durante ocho horas.

Entonces se convierte en asunto diplomático.

Una rutina de transición puede durar sólo unas semanas

No necesitas declarar oficialmente inaugurada la “rutina de otoño” el 22 de septiembre.

La piel no entiende fechas astronómicas.

Entiende humedad.

Viento.

Temperatura.

Sol.

Productos.

Una buena estrategia es observar durante las primeras semanas del cambio de clima.

Si la piel se siente igual, no cambies nada.

Si empieza a resecarse, aumenta hidratación.

Si aparece tirantez, revisa limpiador y temperatura del agua.

Si determinados activos empiezan a arder, reduce frecuencia.

No hay obligación de modificar una rutina que funciona.

Ésa quizá sea una de las ideas más útiles en cuidado de la piel: no tocar lo que está bien sólo porque cambió la temporada.

Los cuidados estacionales también consisten en hacer menos

Existe una industria entera preparada para vendernos una rutina distinta para cada estación, hora del día y fase lunar.

La piel, en cambio, suele agradecer cierta estabilidad.

Los cuidados estacionales no deberían parecer mudanza.

A veces basta con pasar de una hidratante ligera a una más cremosa.

A veces sólo hay que ducharse con agua menos caliente.

Quizá utilizar bálsamo labial con más frecuencia.

Tal vez reducir el exfoliante.

Nada épico.

Y ésa es precisamente la gracia.

La piel sensible rara vez pide espectáculo. Pide constancia.

Cuando termina el verano, podemos obsesionarnos con encontrar el producto perfecto o prestar atención a señales mucho más sencillas: tirantez, ardor, descamación, sensación de incomodidad.

La piel habla en un idioma bastante poco poético.

Pica.

Arde.

Se reseca.

Nuestra tarea no es obligarla a soportar la nueva estación, sino escuchar esas señales antes de que una pequeña molestia se convierta en un problema mayor.

Quizá el mejor ritual de otoño no sea estrenar una crema de lujo.

Quizá sea cerrar un poco la llave del agua caliente, volver a aplicar hidratante y recordar que aunque el aire ya huela distinto, el sol sigue ahí.

Mucho menos romántico que las hojas cayendo.

Bastante más útil para la cara.

Sigue cuidando tu piel con este artículo: Aprende a elegir la mejor rutina para piel sensible por edad